Acercándonos a la Navidad ( Los adornos)

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ADORNOS

En todas las mitologías (y el Árbol de Navidad tiene indudables raíces mitológicas) al árbol se le aprecia o por su robustez (ahí está el roble, que significa fuerza), en cuyo caso el fruto es el propio árbol, es decir la madera (de ella proceden nada más y nada menos que la palabra y el concepto de materia y mater) o por sus frutos comestibles.

El árbol fuerza, el árbol casa, el roble lleva como adornos las luces, que en la mitología germánica representan las estrellas que sostiene en sus ramas el gran árbol bajo cuya sombra y cuya fuerza nos cobijamos. Los primeros que introdujeron estos adornos fueron los sopladores de cristal de Bohemia, que allá por el siglo XVIII, en que aún no se conocía la luz eléctrica, crearon para el Árbol de Navidad las bolas de cristal que reflejaban la luz de las lámparas de velas y producían un bello aspecto de luz propia.

En cambio, las frutas y los regalos colgados del Árbol de Navidad responden al mito judeocristiano del Paraíso, en el que el Árbol de la vida producía todos los frutos que se pudieran apetecer, incluido el de la inmortalidad («El que coma de los frutos de este árbol, no morirá«).

Finalmente el árbol desnudo, sin adornos, recuerda el Árbol de la Cruz, cuyo fruto único fue el Redentor: «Crux fidelis inter omnes, arbor una nóbilis, Cruz digna de confianza entre todas, único árbol noble», se canta el Viernes Santo durante la adoración de la Cruz. Pero la Navidad no es tiempo de austeridades.